¡Quiero ser presidente!

Si hablas con un joven de RUGE Colombia posiblemente encontrarás está afirmación, "¡Quiero ser presidente!". Por ahora, en medio de la formación de nuestro carácter, nuestras capacidades y, nuestro intelecto. Presento algunos aspectos a tener en cuenta dada la crisis del COVID -19, y los retos a los que nos enfrentamos para llegar algún día a la casa de nariño.




A continuación, estimado lector usted se acercará a una reflexión que bien podría darnos para la realización de un debate público extendido sobre cada tema particular a desarrollar, todo un programa de reformas en términos de gobierno. Pues aquí se plantea un cambio en el tradicional paradigma existente del sistema político y, a razón de ello podrá identificar la transición en la que nos encontramos consecuencia de la situación de salud pública.


Los politólogos tienden a centrar sus miradas en las coyunturas, escribirlas, comunicarlas al público promedio, para que en una buena comprensión incremente el bagaje sobre cultura política que cada ciudadano tiene respecto a su estado-nación.


Se presentará un análisis que contextualiza la situación de la democracia por estos días de incertidumbre elevada. Las sociedades están continuamente pasando por situaciones que las arrinconan a cuestionar los modelos de gobierno que por años han desarrollado. Por la decisión de quien posea el poder político, un país se puede sumir en una tiranía complicada o puede estar bajo un sistema político que permita libertad. Búsqueda de los intereses particulares, encontrar felicidad y, defensa de aquellos intereses que pertenecen a todo el colectivo social. Defensa patriótica de los aspectos relevantes del territorio.


En América Latina es sencillo identificar los factores que sumen en crisis profunda la región, por el lado social, económico y, político. Esto, principalmente consecuencia de gobiernos que heredaron de sus predecesores autoritarios, prácticas y maneras de ejercer acciones de gobierno, que vulneran la autoridad política de muchos mandatarios, por ende, se quiebra la gobernanza hacia y, con los gobernados.


En RUGE Colombia estamos convencidos que esta crisis, compartida ampliamente en la región, en ocasiones tiene respuestas con soluciones encantadoras, propuestas que de acercarse a la literatura novelística o a la poesía pueden llegar a establecer una sensatez propia de estas áreas. Sin querer atacar lo bello del arte, mucho de lo que hoy se dice bien puede ser parte de una perspectiva fantasiosa en pro de entretener. Lo mencionó dado que en política es necesario limitar a quienes no están en el mundo real, sino que, al vivir en realidades paralelas, si se quiere, ignoran que esta realidad nos compete entender para emitir juicios prácticos que traigan bienestar a nuestras poblaciones. Un ejemplo de ello es las últimas reacciones que han dado sectores de oposición al gobierno, que bien podrían protagonizar una retahíla de una obra teatral, con las letanías contrarías a la unidad esperada en la actual situación. Que con gusto atendería tal obra, pero es inaguantable cuando se quiere sustraer la institucionalidad que aún pueda prevalecer en este país.


Volvamos a la autoridad política, ¿cómo se da esta vulneración? Podría decir que hace parte de la superestructura hegemónica, nombre rarísimo que los marxistas tienen para tratar de comprender el poder. Pero ni soy marxista, ni he podido reconocer ninguna superestructura que ordene o domine la sociedad. Esto es interesante, los debates alrededor de esto subyacen a intelectuales en tesis extensas, pero poco o nada se ha podido ver en la realidad política.


En mi caso, soy un poco más de la línea del politólogo Robert Dahl, quien explica como lo que comúnmente entendemos por democracia es en realidad el concepto de poliarquías de todos los tamaños, influencias y maneras de gobernar. Dahl junto a Sartori no se conformaron con las tradicionales maneras en que se refería la ciencia política al concepto de democracia el cuál se quedaba en la versión etimológica referida al poder del pueblo. En cambio, a esa manera que respondía a lingüistas, pero no a estudiosos del poder, Dahl identificó cinco aspectos que de darse componen una democracia ideal, no solo un gobierno de muchos en relación a la poliarquía.


(1) Participación efectiva: los ciudadanos deben tener oportunidades iguales y efectivas de formar su preferencia y lanzar cuestiones a la agenda pública y expresar razones a favor de un resultado u otro.


(2) Igualdad de voto en la fase decisoria: cada ciudadano debe tener la seguridad de que sus puntos de vista serán tan tenidos en cuenta como los de los otros.


(3) Comprensión informada: los ciudadanos deben disfrutar de oportunidades amplias y equitativas de conocer y afirmar qué elección sería la más adecuada para sus intereses.


(4) Control de la agenda: el demos o el pueblo deben tener la oportunidad de decidir qué temas políticos se someten y cuáles deberían someterse a deliberación


(5) Inclusividad: la equidad debe ser extensiva a todos los ciudadanos del estado. Todos tienen intereses legítimos en el proceso político.[1]


Ante la ausencia de estos aspectos que pueden derivar en valores democráticos, la poliarquía se erige como la competencia de élites, grupos de interés, organizaciones con objetivos específicos, respecto al pueblo. El cual participa, pero no es de gran relevancia en la lucha del poder, por la ausencia de lo que con anterioridad se explicó.


Ahora, al ocurrir esto, se presenta una autoridad política difusa que puede ser atacada en el pleno de sus funciones institucionales. Si bien hay un ideal de integración de cada individuo en el cúmulo de decisiones, la realidad es que ocurre en el micro nivel de la sociedad, pues en las decisiones pequeñas interactúan en libertad muchos actores, pero esto es un asunto de la economía, del mercado, no de la política. Por eso cuando la jurisdicción, del resultado de la democracia política en el gobierno civil, se expande, no hay nivel decisorio para el individuo dado que se delega la autoridad a una serie de representantes.


De esta manera buena parte de la población se desentiende del gobierno propio que está en función de ejercer, generalmente esto se conoce como democracia representativa. Pero en realidad está describiendo una democracia delegativa, la cual explicaré más adelante.

Al ver una serie de propuestas de gobierno con posibilidades de ser planes de desarrollo uno se afianza en una visión de sociedad. Para nuestro caso, la propuesta está enmarcada en el proyecto dignidad y, en nuestros reglamentos. Aunque no es lo único, son la base ideológica que enmarcará los detalles de programas a proponer en Colombia. Son los ciudadanos quienes en calculo múltiple dicen: me siento representado por esta o aquella visión de ciudad, de país.


El lío de esto es que se quebranta el balance entre el estado y los individuos de varias maneras. Esto lo puedo ejemplificar en la columna sobre el proyecto de ley de castigo físico, ejemplo muy claro de una parte en tal quebrantamiento.


En Colombia decimos ser referente de democracia en la región, pero esto por durabilidad entre una elección y otra. Como si las elecciones fueran lo único que determina el sistema político, en un sentido pleno de democracia. Lo anterior me da pie para continuar el concepto de democracia delegativa que les mencione, las cuales no son democracias consolidadas —es decir, institucionalizadas—, pero pueden ser duraderas. En muchos casos, no se observan señales de una amenaza inminente de regresión autoritaria, ni de progresos hacia una democracia representativa. [2]


Por mucho tiempo se ha usado de forma incorrecta lo que se entiende por democracia representativa, está en su ideal, tiene un grado elevado de gobernanza. Los ciudadanos están en continua comunicación con los gobernantes realizando control político, direccionando en la visión de los votantes asuntos que se condensan en la representatividad dada a un líder en el gobierno civil. El desentendimiento de los asuntos públicos, de gobierno, no es más que el resultado de una democracia delegativa que se compone de empoderamiento excesivo a la figura del presidente de la república, del gobernador y, del alcalde. Si bien me enfoco en estas relacionadas con el ejecutivo, los cargos corporados también entran en esta definición.


Las democracias delegativas se basan en la premisa de quien sea que gane una elección presidencial tendrá el derecho a gobernar como él considere apropiado, restringido sólo por la dura realidad de las relaciones de poder existentes y por un período en funciones limitado constitucionalmente. El presidente es considerado como la encarnación del país, principal custodio e intérprete de sus intereses. Las políticas de su gobierno no necesitan guardar ninguna semejanza con las promesas de su campaña, ¿o acaso el presidente no ha sido autorizado para gobernar como él estime conveniente? [3]

Es de la misma manera para los gobernadores y alcaldes, la institucionalidad se concentra en una figura personal, diferente al deber ser republicano de instituciones políticas. Que si bien comandadas por individuos, no dejan su carácter e investidura en razón de su relación con y, hacia la ciudadanía. Para solventar esto hay una justificación en la cantidad de votos que llevaron al poder a cierta figura política, es allí donde en ciertos círculos con una arrogancia enorme se intercambia lo que se denomina “capital político” como si las personas fueran estáticas y autómatas que eligen siempre unidireccionalmente.


En razón de lo anterior, necesitamos en tiempos de pandemia conformar nuevamente un equilibrio de poder que permita establecer libertad genuina. Permítanme decirles que esta labor sólo la puede desarrollar la iglesia. Puesto que no es suficiente tener representación de la ciudadanía en el Estado. Algunos tenemos la labor en nuestro proyecto de vida de disminuir esa agresiva irrupción del gobierno civil en la vida privada. Devolver el carácter y propósito a esta área de gobierno civil. Pero para ello debe haber lo que Gary North ha calificado como “jurisdicciones múltiples” en la sociedad, para obtener un verdadero equilibrio de poder.[4] Esto lo profundizaré en otra columna.


Por medio del ejercicio de su disciplina espiritual la iglesia actúa como contrapeso a la corrupción política. Esto es así en cumplimiento de su mandato Abrahámico. En cumplimiento de las promesas asociadas con ese mandato la iglesia llega a ser el instrumento de la bendición de Dios en el mundo y el medio por el cual es quitada la maldición de Dios de la creación.


La nación que establece a la iglesia en su corazón llega a ser bendecida: “todas las naciones de la tierra serán bendecidas;” “todas las familias de la tierra serán bendecidas.” Esta bendición se extiende para tocar todas las áreas de la vida, todo lo que fue corrompido por la maldición.[5]


Para que se dé esto se rinde el monopolio de la jurisdicción sobre la vida pública que el Estado posee; aquí yace la solución al problema del equilibrio del poder en la sociedad. La iglesia, al ejercer una jurisdicción coordinada en la arena pública limita al Estado y media su relación con la ciudadanía.

Este problema que se produce en la apatía de los ciudadanos respecto a los asuntos públicos y, se refuerza en la medida en que se incrementa la delegación producida por el sistema político actual. Por esa razón, cuando vemos una iglesia débil, que decae por un momento, entonces el estado debe, tarde o temprano, declararse absoluto como Dios.


Y eso, estimados lectores, apreciados jóvenes, será el fracaso de muchos en nuestros llamados a gobernar Colombia. Pues más que anhelar ser presidentes, debemos anhelar remover está cultura entregada a los intereses de aquellos que desconocen las bondades de nuestro gran Dios. No es una tarea única del gobierno civil.

[1] Democracy and its critics. (1989) [2] Guillermo O Donell, Democracia delegativa. [3] Guillermo O Donell, Democracia delegativa. [4] Cf. el artículo del Dr. North en otra parte de esta publicación, lo mismo que Politeísmo Político: El Mito del Pluralismo (Tyler, TX: Institute for Christian Economics, 1989), Cap. 12: “La Restauración del Pluralismo Bíblico. [5] Ruben C, Alvarado. El equilibrio del poder. 1991.


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