Una guerra por la vida

Por: Bryan Loaiza



Querían que abortara. Sí, aquella madre tenía 16 años de edad cuando quedó

embarazada y transcurrido un mes, según sus cuentas, su pareja de 19 años, falleció en un

terrible accidente. Era una niña, sola, sufriendo la pérdida de su primer hombre, de su

primer amor y con una vida creciendo dentro de ella, así que era de esperarse que las voces de su familia se hicieran escuchar, diciendo que abortara.


En una situación tan difícil, dolorosa y precaria, es entendible que el aborto se posicione como la “mejor solución”. Pero me asombra que la vida haya perdido sentido, que sea tratada como un objeto que se desecha simplemente cuando ya no nos gusta, nos complace, o simplemente nos estorba, que el amor y el respeto al prójimo hayan desaparecido, y la vida se esté limitando y reduciendo a un simple deseo de banalidad y vanidad; que se nos denigre como creación y se nos mutilen los valores y principios éticos con los que se han construido nuestra existencia.


La vida, aquel soplo de amor que nos fue entregado hoy se nos arrebata. Se nos enseña que como jóvenes, debemos hacernos cargo del desastre que hemos sido generación tras

generación como humanidad, y que para eso, debemos arrebatarle la vida a unos seres que pueden ser el punto de partida para un cambio, para una transformación, a unas almas que vienen puras, cargadas de bondad y misericordia; porque además, nos gritan que no tenemos la capacidad (mental y emocional) para hacerlo, para guiar una vida fuera de la de nosotros mismos.


La sociedad nos persuade de creer que el planeta necesita menos de nosotros,

pero nos lanza a un mundo de promiscuidad y desenfreno, donde todo se vuelve legal,

permitido y legítimo, menos pensar en una vida por nacer; como si el propósito de este

nuevo mundo fuera concebir simplemente para después matar, porque podemos desear y

hacer cualquier cosa sin importar las consecuencias, ya que la muerte premeditada se

encargara de todo.


El aborto es una acción que da luz verde a la decadencia, la perversión y a la inmoralidad.

El aborto es un atentado a la verdadera libertad que nos fue concedida, puesto que la vida

solo le pertenece al que la dio y nosotros solo somos simples instrumentos para su

manifestación. La vida no puede ser quitada, ultrajada y negada, porque aun sí la pudiéramos arrebatar, debería ser con consentimiento de la persona que la desea perder y el aborto es solo una salida desesperada de una situación accidental que no premeditamos y se nos “salió” de control. Es por eso, que la vida debe ser insubordinada y autónoma de las leyes del hombre, debido a que la maldad heredada en el ser humano no conoce límites.


Ahora, le doy gracias a Dios, a mi madre y a la vida, que sin importar ser una niña de 16

años de edad y a pesar del dolor de su pérdida, de su pobreza, de su inexperiencia y en

general de cualquier circunstancia difícil y traumática, decidió enfrentarse a un vida

conmigo; porque entendió que el aborto nunca debe ser tenido como una opción, ya que el amor verdadero (madre a hijo) todo lo puede y hoy lo confesamos como testimonio. Por

eso, se hace un llamado a todos aquellos que sin importar ser tildados de retrogradas,

religiosos, mezquinos, etc., levantemos la voz y nos enlistemos en una batalla a favor de la

vida, de lo bueno, de lo puro, de lo real y del amor.

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